Estas vacaciones hemos ido prácticamente todos los días a la playa. Es un plan perfecto para niños, y si las playas están limpias y cuidadas, un lujo para todos.
He disfrutado muchísimo viendo a Sira pasarlo bomba con la arena, las olas, las pechinas, las piedrecitas y sus trajines con el cubo, la regadora, la pala…
Es fantástico ver a un niño jugar, completamente ajeno a los demás, a las miradas, a los juicios, a lo que ocurre a su alrededor… absolutamente metido en su juego, en “su historia”. Él y su imaginación. Me encanta esta faceta tan auténtica del juego infantil, y pienso que es una pena que hacernos adultos implique perderla en cierto modo…
Pero este verano, en la playa, he sido testigo de que hay ciertas cosas que son capaces de devolvernos eso, que logran sacarnos de nuestra rigidez y dar rienda suelta al niño que llevamos dentro, con su mismo entusiasmo. Me he quedado de verdad sorprendida de la cantidad de padres que he visto disfrutar como locos haciendo inmensos y fantásticos castillos de arena en la orilla, absolutamente entregados, y si cabe pasándolo aún mejor que sus propios hijos.
Y es que cada uno a su manera y a su estilo, todos somos capaces de volver a jugar como niños. Sólo nos hace falta pasar un tiempo con ellos, contagiarnos de su capacidad de entrega al juego y dejarnos llevar por nuestra imaginación. Y el resto, seguro, ya vendrá solo.